La visión de un hijo

“Mi viejo fue siempre de esos papás partner, súper activo. Desde chico que jugábamos a la pelota juntos, mis amigos lo querían harto. Trabajaba harto también, así era la distribución de roles en mi familia: mi mamá se encargaba de nosotros y mi papá trabajaba. Funcionó bien yo creo… no sé si será porque soy el único hombre, pero siempre mi papá tuvo tiempo para hacer cosas conmigo: salir a pescar, jugar tenis… Desde chico y ahora de grande siempre tiene un punto de vista centrado, me gusta conversar con él por eso.


Un día llegó su momento de jubilar. En la compañía donde trabajaba ya hace varios años le dieron aviso con algunos meses de anticipación, y aunque no se lo esperaba mucho, en un principio disfrutaba del tiempo libre. Ahora podía tener todo el tiempo disponible para jugar golf, juntarse con sus amigos, estar más tiempo con mi mamá... cosas para las que siempre quiso tener más tiempo.


Sin embargo, la diversión de esta “vida nueva” duró un tiempo y después se empezó a aburrir. Recuerdo que en una conversa después de almuerzo (cuando todavía no volvíamos a cuarentena total), me dijo que estaba un poco preocupado porque se había dado cuenta que le estaba costando llenar el día. Después de un rato de conversa llegamos a la conclusión de que le estaba haciendo falta hacer algo en lo que se sintiera útil. “Quiero ocupar la cabeza”, me decía, asique le propuse que se viniera a trabajar conmigo.


Eso resultó más o menos y finalmente después de otros intentos por aquí y por allá decidió empezar a hacer consultorías. Ahora lo veo bien, motivado, y encontrando un balance entre tiempo libre y tiempo para dedicarle a la pega. Pero lo vi complicado.

En base a su experiencia, me doy cuenta que la jubilación hay que pensarla, programarla, y ojalá poder decidirla, no sólo desde el punto de vista financiero, sino que como un cambio de vida que uno puede decidir hacia dónde dirigir”.




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